Hoy me levante con muchas ganas de escribir… No, no es cierto.
Hoy me levante con muchas ganas de escribir… No, no es cierto.
Bueno gente, como saben por múltiples noticias. Muchas páginas cerraran el día 23 de enero del año en que, mucha gente presupone, el mundo se va acabar. Este humilde y solitario espacio también hará los honores acompañando la gran actividad de los colosos blogs y páginas de Internet en protesta a la Ley SOPA y a los intentos de cortar la libertad que gozamos en internet.
Un abrazo a todos.
Recuerdo aquella vez en que una bonita casualidad llego la noche en que aquel Marzo se despedía. La coincidencia no estaba a favor de iniciar nuestra conversación, tal vez era algo más intuitivo lo que hizo que al final nos conociésemos. No esperábamos mucho, en estos áridos tiempos esa actitud ya es común entre la gente. Pero empezamos a compartir el día a día, las anécdotas de cada uno, lo que ocurría a diario… nuestras momentáneas felicidades, nuestras vagas y dulces reflexiones. Llegabas en tus dulces silencios escritos, en una llamada que despedía la noche y, sin lugar a dudas, en alguna canción que resonaba días enteros. Sin percatarnos comenzó a ser una necesidad estar juntos… Aun sin haberlo estado.
Me di cuenta que empezaste a entrar con pasos tenue cada vez más en mi… dejando plenitud y felicidad con cada saludo, con cada desvelo mutuo a los que conducían nuestras largas y entretenidas conversaciones, “si llegabas a las cuatro era feliz desde las tres”.
Una cita en un café donde el jazz no deja de sonar, un viernes con una lluvia tenue, el inicio de la noche. Fueron los componentes que escogimos para nuestro día. Decidiste esperarme en la barra, pediste un cafecito para soportar la espera que fue prolongada un poco por el tráfico de invierno. Llegue agitado, mojado y con una sonrisa que había reemplazado morderme los labios unos pasos antes de la entrada. Te salude con un beso en la mejilla, había planeado un largo y fuerte abrazo pero los nervios me hicieron improvisar. Pedí disculpas por llegar tarde.
Nos movimos a otro lugar, esa combinación de scat, café cargado y la presencia de una chica que se derretía con cada palabra en francés que el foráneo de la mesa número siete pronunciaba, no era muy cómoda. Preferimos la calle, refugiarnos de la lluvia en algún tejado sobresaliente que nos hacia acercarnos mas… entramos a un bar seducidos por el nombre de un libro de Gabriel García Márquez que ninguno de los dos había leído.
Yo fumaba torpemente con la mano izquierda, a pesar de eso disimulaba bien los nervios y las ansias de ti, todo transcurría con naturalidad a nuestras anteriores conversaciones. Entre palabras y miradas nos explorábamos como si materializáramos nuestra historia en la deseada piel, en el movimiento de los labios, en tu bonito tatuaje, en el olor de una recordada fragancia francesa.
Mientras alternábamos sonrisas y el mismo cigarrillo. Una canción anunciaría una inolvidable y deliciosamente larga escena, con la característica de la sonata nos dimos un beso… aun suspiro de recordar ese beso, a tal punto que su memoria me hace tocarme los labios. Fue largo, progresivo, intenso y tan calable en la memoria. Nunca creí recordar una historia con los labios, nuestra historia completa está escrita en ellos. En ese instante dejamos de ser anónimos y le dimos otro tono a una canción de cuatro acordes que nunca dejara de sonar.

Ella iluminaba como los pasos se nos hacían más lentos. No se si fue por la atracción o la necesidad de no alejarse más, creamos una ironía en el rumbo para ir a ningún lugar, ya que los pasos se convirtieron en giros y los giros en un baile sin igual.
- Pienso que nuestra situación puede entenderse si le vemos como un juego, un juego de escondidas.
- ¿Quien esta ganando? dime…
- Lo sabremos cuando alguno de nosotros empiece a buscar.

Picture by: @jillianmcgrath
En una tarde tan amarilla que ni el mismo sol se percibía… caminaban suprimiendo el cauce de edificios, absorbiendo el viento que conducía el sonido conmovedor del juego de una docena de niños. No exclamaban oración alguna, no se arriesgarían a que una palabra desviará el esplendido momento que creaban con cada paso.
El camino se torno tan amarillo mientras lo dibujaban en su recuerdo, cuando se dieron cuenta de todo lo que habían recorrido, sus labios se abrieron de nuevo para decirse… adiós.

-Sí dios estuviera aqui, todo sería más fácil- piensa mientras despoja de un vaso de un poco del liquido que contiene.
Aparta el vaso de sus labios, -intentaré domir, mañana es otro día en el que aspiro a que otros dos reglones de mentiras sean agregados a mi tesis- se dice a si mismo. Cuando regresa de nuevo, ya no ahi espacio en la cama, ya es un territorio colonizado por una ajena y mala postura al dormir.
-Mejor me voy al sofa…-
Espero que detrás de todas esas cordilleras, desiertos, mares, nevados, sierras y llanuras… atrás de todo eso están ustedes mis amigos… mi hogar.

Augusto Monterroso
En la selva vivía una vez un Mono que quiso ser escritor satírico.
Estudió mucho, pero pronto se dio cuenta de que para ser escritor satírico le faltaba conocer a la gente y se aplicó a visitar a todos y a ir a los cocteles y a observarlos por el rabo del ojo mientras estaban distraídos con la copa en la mano.
Como era de veras gracioso y sus ágiles piruetas entretenían a los otros animales, en cualquier parte era bien recibido y él perfeccionó el arte de ser mejor recibido aún.
No había quien no se encantara con su conversación y cuando llegaba era agasajado con júbilo tanto por las Monas como por los esposos de las Monas y por los demás habitantes de la Selva, ante los cuales, por contrarios que fueran a él en política internacional, nacional o doméstica, se mostraba invariablemente comprensivo; siempre, claro, con el ánimo de investigar a fondo la naturaleza humana y poder retratarla en sus sátiras.
Así llegó el momento en que entre los animales era el más experto conocedor de la naturaleza humana, sin que se le escapara nada.
Entonces, un día dijo voy a escribir en contra de los ladrones, y se fijó en la Urraca, y principió a hacerlo con entusiasmo y gozaba y se reía y se encaramaba de placer a los árboles por las cosas que se le ocurrían acerca de la Urraca; pero de repente reflexionó que entre los animales de sociedad que lo agasajaban había muchas Urracas y especialmente una, y que se iban a ver retratadas en su sátira, por suave que la escribiera, y desistió de hacerlo.
Después quiso escribir sobre los oportunistas, y puso el ojo en la Serpiente, quien por diferentes medios -auxiliares en realidad de su arte adulatorio- lograba siempre conservar, o sustituir, mejorándolos, sus cargos; pero varias Serpientes amigas suyas, y especialmente una, se sentirían aludidas, y desistió de hacerlo.
Después deseó satirizar a los laboriosos compulsivos y se detuvo en la Abeja, que trabajaba estúpidamente sin saber para qué ni para quién; pero por miedo de que sus amigos de este género, y especialmente uno, se ofendieran, terminó comparándola favorablemente con la Cigarra, que egoísta no hacia más que cantar y cantar dándoselas de poeta, y desistió de hacerlo.
Después se le ocurrió escribir contra la promiscuidad sexual y enfiló su sátira contra las Gallinas adúlteras que andaban todo el día inquietas en busca de Gallitos; pero tantas de éstas lo habían recibido que temió lastimarlas, y desistió de hacerlo.
Finalmente elaboró una lista completa de las debilidades y los defectos humanos y no encontró contra quién dirigir sus baterías, pues todos estaban en los amigos que compartían su mesa y en él mismo.
En ese momento renunció a ser escritor satírico y le empezó a dar por la Mística y el Amor y esas cosas; pero a raíz de eso, ya se sabe cómo es la gente, todos dijeron que se había vuelto loco y ya no lo recibieron tan bien ni con tanto gusto.